Mil pedazos
Se dividió en dos, se
partió en mil y se piso hasta volverse arena, arena que llego hasta el mar,
hasta la puntita donde el agua llega y se va. Siempre al borde pero temerosa de
empaparse, de mezclarse, quizá de perderse, porque sabe que si el agua la alcanza
no volverá a abochornarse en la orilla y así podría perder toda esperanza de
sentir llegar un par de pies que pateen y jadeen a regañadientes, que llueven
sin ser tormenta porque su agua no cae del cielo y si de su alma. Espera a que
un quejido salido de ese cuerpo la tire muy lejos de la orilla, para alcanzar a
llegar hasta donde están un par de chiquillos haciendo un castillo de arena,
para poderse sentir acariciada, apretada, y anhelada en las manos de ese ser
que ya no es, pero que habita en sus recuerdos, así como aquellos pies que en
vez de ser tempestad en la orilla del mar deberían sentarse allí también donde
espera que la lleven para sobarla, jugarla, besarla, y consolarla. Reconstruir
la roca que fue, esa roca que sostenía firme la montaña, esa roca que, aunque
frágil nunca abandonaba su lugar, hasta que muy fuerte todo se sacudió y cayo,
cayo donde zapatos y llantas la volvieron arena que llego hasta el borde del
mar.
Así que desea pronto que
alguna forma en la que habita en esta quimera decida, así como se construye un catillo
de arena construir una roca con los fragmentos de si que se conservan en esta
playa.
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